Taxi y lucha de clases en Cuba

Frank García Hernández / Periodistas en Español / Pressenza
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La misma mañana que el Gobierno Provincial de La Habana intentó regular a favor de la población los precios de los taxis, tomé uno desde Marianao hasta Cerro y Boyeros. El chofer, cada vez que alguien se montaba decía: buenos días, cubano; y soltaba su repertorio de quejas.

Buenos días, cubano. Nunca había visto tan bien empleado el nacionalismo como arma contra la lucha de clases y la solidaridad entre los trabajadores. Ser cubano desde la óptica de aquel hombre era unirse contra su enemigo: el Estado. Recordemos, el mismo Estado socialista que había tomado una medida en beneficio de las mayorías. Y es que aquel chofer defendía sus intereses de clase: los intereses de una egoísta y emergente clase media, refugiada en el universo del novorriquismo de bodega.

Los propietarios de los cafés, bares y restaurantes, debido a otra extracción social, casi siempre mantienen una postura matizada por la izquierda y el proyecto social colectivo. Pero los taxistas, y de forma más acentuada, los dueños de las flotillas de taxis a quienes sus contratados le deben tributar mil pesos cubanos diarios por auto, no. Ellos intentan monopolizar –sin detenerse en el beneficio común–, el transporte en la capital. Y lucrar con ello. Que es lo que hacen. Y si no lo logran, paralizan el tráfico.

Antes de la medida gubernamental, la situación no era insostenible, pero lo cierto es que se debía intervenir en ella. Como mismo se necesita hoy una nueva revolucionaria reforma urbana que desinfle la invivible burbuja inmobiliaria. Sin embargo, el Gobierno Provincial ha cometido un gran error: subvertir el contrato social que existía en el imaginario colectivo desde hacía años.

Se ha rebajado a la mitad los precios estipulados y no hay nadie que lo regule. En su diario transporte los choferes hablan con una ciudadanía agotada y han logrado que ésta se coloque, de a poco, a su favor ¿con cuál representante del gobierno habla en su cotidianidad el habanero en medio de este pleito? Con ninguno. Así el burgués ha ido ganando la batalla.

Los taxistas se intentan lucrar con el transporte y si no lo consiguen, paralizan el tráfico.

Los taxistas han creado un caos en las paradas y una respuesta inmediata no se visibiliza. De los 360 000 pasajeros al día que movilizaban, deben estar transportando casi la mitad, pues buena parte de los carros no salen a la calle y los que circulan en vez de cumplir la ley, han duplicado el pasaje.

Y con todo esto sucediendo, un reportaje del Canal Habana trasmitido el viernes pasado, 10 de febrero de 2017, en el Noticiero Nacional de Televisión a las ocho de la noche y al mediodía siguiente, era tan compasivo con los taxistas al punto de decir que sólo unos pocos no habían contemplado la ley del Gobierno Provincial.

Los taxistas, que en su mayoría no son propietarios de los carros que manejan –lo común son las flotillas de dos a cinco autos que tributan por conductor mil pesos diarios a un dueño que descansa en su casa–, han desatado un lock out que solo tuvo precedente en julio de 2016.

La historia de aquel incidente, relacionada con la crisis de julio, Venezuela y los taxis nuestros de cada día es necesaria para comprender lo que ocurre hoy.

Remontémonos a diciembre finales del 2015. Entonces muchos cubanos no contábamos con la continuidad de Nicolás Maduro en el cargo de presidente: había que ser muy ingenuo para asumir que el PSUV soportaría el embate del referéndum revocatorio.

A fines de junio, cuando le pregunté, casi de forma retórica, a un venezolano chavista, por los resultados del plebiscito donde se pondría a disposición el puesto presidencial, me contestó que solo si Miraflores llenaba los anaqueles de comida se ganaba esa vez.

Y los cubanos sabemos que una revolución no se hace ni sostiene desde la comodidad.

El 1 de julio se adoptó en Cuba un paquete de medidas económicas que parecían ser el preludio de un nuevo Período Especial. La explicación dada era ingenua: el petróleo había caído en el mercado ¿desde cuándo hemos sido exportadores de petróleo?

Pero Venezuela, nuestro principal abastecedor energético, sí es exportador. Y ello había generado la gran crisis económica que conducía a Maduro, parecía, hacia el fin de su administración socialista.

Entre las limitaciones estipuladas entonces, se recortó la asignación de combustible a los centros de trabajo del país. En consecuencia, el costo del petróleo en la bolsa negra aumentó de ocho a quince pesos cubanos y con ello, el costo del pasaje.

La reacción fue la misma que hoy: un lock out. Los dueños de las flotillas las retiraron de la calle.

Esto es sólo la punta gélida del iceberg. Si se desploma Venezuela viviremos un nuevo período de crisis con un actor social que no existía en 1991: los pequeños y medianos propietarios. Si Venezuela cae, ellos, los petits bourgeois, darán una demostración de fuerza mayor de lo que han hecho estos días los taxistas: para ello no nos prepararon los manuales soviéticos.

Y es que durante años se repitió, de manera antidialéctica, que no existía lucha de clases en Cuba, ni había clases en Cuba, porque el socialismo se había alcanzado. Hoy los trabajadores se movilizarán ante otras situaciones, pero ante sus enemigos de clases: los burgueses, no.

Antes bien, los consideran hombres y mujeres que con mucho esfuerzo han logrado su casita y su negocito. Sin fijarse en que quienes trabajan para ellos son explotados, sin fijarse en que los precios que imponen en el mercado son corrosivos al bolsillo de un trabajador cubano.

La solución consiste en movilizar de forma gratuita todo el transporte estatal y amenazar con quebrarle el negocio al sector privado.

Para más, quien en su mayoría hace uso de los también llamados boteros, es el sector clasemediero en ascenso que tiende por naturaleza de clase a identificarse más con los choferes, y por ello pagan el precio que pide el transportista privado. Así, no sólo crean más inflación, sino que se comportan como verdaderos esquiroles.

No los podemos abolir, ni los debemos abolir como en 1968: las clases se extinguirán como resultado de la lucha de clases y con ellas el Estado. Pero sí debemos saber cómo tratar con ellas.

El Estado socialista cubano no ha sabido manejar la situación actual creada por los taxis. Ni los inspectores se sienten, y el transporte es un horror.

El Gobierno Provincial, si lo desea, puede hacerle quebrar el espinazo al boicot clasista y contrarrevolucionario que hoy se vive en la calle. No es meter preso a nadie, es jugarle a ellos donde más les duele: el bolsillo.

Movilicen camiones, ómnibus, todo el transporte para el pueblo trabajador. Cuando los taxistas vean la fuerza del Estado socialista, tendrán que respetarlo, de lo contrario, la ley ni se acatará ni se cumplirá. Que esta pelea no termine siendo un precedente en favor de los poderosos.