Forum en Línea

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

Carlos Fuentes, blanco sobre negro

E-mail Imprimir PDF

Carlos Fuentes, blanco sobre negro


José Martínez M.
/ Contracolumna

Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 

Carlos Fuentes gozó de una imagen prestigiosa. Fue criticado por estar siempre al lado del Príncipe. Fue muy lejano al intelectual independiente. Aunque renunció a ser un caudillo cultural estuvo siempre rodeado del poder, el dinero y la fama.

Recuerdo un texto periodístico donde se hablaba de cómo a muchos se les caía la baba por el escritor, pero otros lo denostaban. Es famosa la caracterización de "guerrillero dandy", de Enrique Krauze, discípulo de Octavio Paz, cuando sometió bajo el bisturí de su crítica a Carlos Fuentes. Tiene “un estilo de vida burgués y una ideología antiburguesa (...) una visión distorsionada de la realidad mexicana”, escribió Krauze en un episodio que dio inicio a la enemistad entre los dos monstruos de la literatura mexicana.

Hace una década, Emmanuel Carballo declaró que su colega “puede manifestarse sin transición como escritor de izquierda o de derecha”. Y hace poco, Elena Poniatowska consideró que “no es capaz de bajar a los infiernos”, en referencia a su sofisticado estilo de vida, mientras la desaparecida diva María Félix lo definió como “un escritor vedette”. Incuso lo llamó “mujerujo”.

René Avilés Fabila hizo una excelente crítica en torno al homenaje por los 80 años de vida de Carlos Fuentes. A la muerte de Fuentes de nueva cuenta recibe comentarios por toneladas sobre su obra, mesas redondas, conferencias magistrales y exposiciones analíticas. Sus panegiristas son cientos y se limitan a un puñado de lugares comunes del elogio sin piedad.

“Con tanto festejo, como nunca le hicieron a Alfonso Reyes, Mariano Azuela, José Vasconcelos, Salvador Novo, Martín Luis Guzmán, Carlos Pellicer, José Revueltas, Rubén Bonifaz Nuño, Juan Rulfo y Juan José Arreola, es imposible no pensar en Carlos Fuentes, en su éxito abrumador y desconcertante para un mexicano, en su fantástico cosmopolitismo, en su elegancia abrumadora”, escribió René Avilés.

Para sus fans Carlos Fuentes fue un intelectual que tenía la estatura moral para hablar a nombre de la sociedad. Fue un exégeta que supo interpretar la realidad social y política de México. Fue el gran escritor del realismo simbólico. Desde niño fue educado en el ámbito de las letras.

“A los 15 años pasé el año más maravilloso, al descubrir a Borges, el tango y las mujeres”, le confió el escritor hace algunos años a Maya Jaggi, periodista cultural del diario británico The Guardian. Esa inquietud lo llevó desde muy joven a enrolarse en el periodismo. A los 21 años decidió que quería ser escritor y a los 25 años publicó su primer libro, Los días enmascarados. Esa, su primera obra, fue revisada por el maestro Juan José Arreola.

Mi primer contacto con Carlos Fuentes fue con la lectura de Aura, como muchos otros estudiantes preparatorianos a principios de los 70, como ocurrió con la obra maestra de Gabriel García Márquez Cien años de soledad que junto con Aura fueron publicadas inicialmente en la década de los 60.

Desde entonces comenzó mi interés como lector por la obra de Carlos Fuentes. Después en mis primeros años como periodista en el desaparecido diario Unomásuno, una tarde –de principios de los 80– cuando me encontraba en la redacción junto con otros colegas, de manera inesperada llegó Carlos Fuentes acompañando a Fernando Benítez, iban de paso pues en seguida partirían a una comida. Hicieron una escala para recoger unos papeles que Benítez guardaba en su oficina.

Fuentes nos saludó a los pocos reporteros que nos encontrábamos en ese momento. No era una novedad, por ahí era frecuente que desfilaran los más connotados intelectuales. Fuentes era ya una gran celebridad y uno que sería de sus mejores amigos en la vida, el historiador Héctor Aguilar Camín que ya despuntaba entre los intelectuales del país, emprendía en el Unomásuno una trayectoria que lo llevaría a entablar una relación con la crème de la crème.

Años más tarde cuando preparaba mi libro Retrato inédito de Carlos Slim, tuve la oportunidad de charlar con el autor de La región más transparente y aproveché para preguntarle sobre su relación de amistad con el ingeniero Carlos Slim. ¿Por qué Slim busca a los grandes intelectuales? “No, Slim no nos busca –me dijo Fuentes–, nosotros lo buscamos a él, porque Carlos Slim nos ilumina. Nosotros aprendemos de él”, me reiteró el escritor.

En efecto, Slim ha mantenido una larga y fraternal amistad con muchos escritores y periodistas, la mantuvo con Octavio Paz como con Fernando Benítez y a lo largo de los años la ha mantenido con Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Julio Scherer, Carlos Payán, Epigmenio Ibarra, entre otros. Incluso en una ocasión cuando el ingeniero Slim me dio acceso a su archivo me mostró unas fotografías con Carlos Fuentes. La amistad de Fuentes con Slim era entrañable, tanto que hace unos años cuando a Carlos Slim le rindieron un homenaje en Nueva York, Carlos Fuentes le organizó una cena inolvidable en el célebre Waldorf Astoria en la ilustre Park Avenue de Manhattan.

A propósito de comidas, recuerdo un espléndido texto de mi amigo el escritor René Avilés sobre los grandes homenajes a Fuentes. Escribió Avilés que al autor de La muerte de Artemio Cruz “le dieron una comida en el Castillo de Chapultepec para coronarlo como el nuevo emperador de las letras latinoamericanas. Es un fastidio, como si fuera el único. Los demás seguimos soñando con irnos de México a buscar un puñado de comentarios que permitan saber qué hemos hecho. Para algún día quizá regresar con un costal de críticas literarias adquiridas en el extranjero y probar que sólo así es posible ser profeta en su tierra. La única que estuvo a la altura de las circunstancias, fue la señora Josefina Vázquez Mota, antes autora de libros de superación personal, hoy secretaria de Educación Pública, al felicitar públicamente al autor de “La ciudad más transparente” diciéndole: “Querido Octavio Paz, en este tu cumpleaños…” Fuentes, gracias a sus excesos de cosmopolitismo, sonrió de modo casi natural.

“El éxito de Fuentes fue rápido y notable, despertó envidias y oleadas de admiración. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo lo acusó de plagio y hasta dio pistas tanto en La región más transparente como en Aura; en el primero la presencia del Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente, en el segundo, la de Henry James con Los papeles de Aspern. Arellano dio precisiones en un trabajo ciertamente ocioso que más adelante retomaría Enrique Krauze.

A Octavio Paz lo acusaron repetidas veces de plagio, entre otros, Rubén Salazar Mallén y no de otros autores sino de su propio trabajo sobre Sor Juana Inés de la Cruz. Paz, desdeñoso, dijo: Los lobos se alimentan de corderos. Nada ocurrió, nada salvo que le concedieron el Premio Nobel de Literatura.

Fuentes supo de las acusaciones, pues las páginas de la denuncia recorrieron el mundillo intelectual capitalino, pequeño entonces. Tiempo después, al fin Carlos reconocería no el plagio, sí las influencias. En sus primeras fastuosas intervenciones de autor exitoso precisó en Bellas Artes (ciclo Los narradores ante el público): Que ya tenía alas propias para volar. Desde entonces ha desdeñado a sus críticos y se ha hecho amigo de todo aquél que pareciera tener talento. A diferencia de Paz, Fuentes se negó a ser caudillo cultural. Aceptó el reinado de Octavio, pero pronto, a pesar de la influencia de El laberinto de la soledad y de la admiración por Piedra de sol, rompieron abruptamente luego de la publicación de un texto perverso, ameno, interesante y de dos o tres bandas: Enrique Krauze escribió El guerrillero dandy. Se acabó la amistad. El novelista se limitó a decir que una “cucaracha” había dado al traste con esa espléndida relación.