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Ejercicio de la ciudadanía

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Ejercicio de la ciudadanía

 

Carlos Fuentes / El Espectador / Abril de 1960

Artículo rescatado por María Fernanda Campa

 

¿Qué es un ciudadano? La pregunta, como nunca en nuestra historia, posee una validez vital. Hacerla, supone afirmar que dentro del actual marco constitucional mexicano es posible, y necesario, encontrar solución a las contradicciones políticas del presente. Pero no hay Constitución que viva de la pura conmemoración retórica, ni del embeleso contemplativo de los hombres a quienes rige. La vida constitucional se funda en el ejercicio de la ciudadanía, y es a los ciudadanos –a nosotros, a usted, a mí– a quienes debe hacerse responsables si la práctica se desvía del espíritu, si la realidad contrarrevolucionaria impera sobre el deseo revolucionario, si el silencio, preludio de la sumisión, priva sobre el diálogo, aire de la democracia.

El ciudadano es el hombre que se manifiesta, que rehúye la complicidad del silencio, que se niega a aceptar el hecho consumado, que crea los conductos de la manifestación cuando éstos no existen o han sido obturados. Los errores de un régimen no le son totalmente imputables cuando la ciudadanía ha sido incapaz de organizarse para darles respuesta. La responsabilidad del actual estado de cosas en México la comparten por igual el gobierno, las clases dominantes en nuestra sociedad y las clases democráticas –opuestas a aquéllas– que no han demostrado la voluntad necesaria para ejercer los derechos elementales de la ciudadanía. No basta afirmar que el gobierno mantiene un sindicalismo sometido, que ha otorgado plena autonomía a nuestra clase burguesa, que maneja a su antojo el proceso electoral y simula los movimientos del parlamentarismo, que en él se origina la red de complicidades que hace de nuestra prensa una de las más lamentables del mundo. No: es preciso preguntar qué hacemos nosotros, cada ciudadano mexicano, para liberar al movimiento sindical, para organizar una fuerza popular capaz de oponerse a la burguesía, para manifestarnos a través de partidos y periódicos leales al pueblo mexicano, para crear esos partidos y esa prensa, para conquistar una voz en el recinto parlamentario. Si la CTM y el PRI y las asociaciones de banqueros y la prensa mentirosa y las cámaras de adorno siguen ostentándose como el rostro de México, es porque nosotros, los ciudadanos mexicanos, no hemos sabido impedirlo. Ciertamente, nuestra vida nacional es una enorme contradicción. Pero al ejercicio ciudadano corresponde aclarar, mediante la acción y el diálogo, las confusiones presentes, y no subrayarlas con un cómodo encogimiento de hombros o un puro desplante negativo. Al “¿Qué se le va hacer?”, al “No tiene importancia”, al chiste de café y al murmullo indiferente, el auténtico ciudadano opone la razón y la crítica, el diálogo, la manifestación plena y la exigencia de respuesta. Al aplauso servil e insignificante, como a la negación irracional, el verdadero ciudadano opone su derecho a preguntar, a responder, y a superar el mero desplante por el ejercicio libre y permanente de la ciudadanía. No pidamos permiso para ello. Y pensemos que la ciudadanía no se disfruta ocasional, sino cotidianamente, frente a todos los hechos y no sólo frente a los excepcionales.