Coronavirus y deterioro ecológico: Lo que no se dice

 

Yolanda Cristina Massieu Trigo

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Un aspecto que no ha sido muy tratado en la avalancha de información sobre la pandemia es el deterioro ambiental. Hay enfermedades emergentes que pueden causarse porque los huéspedes de los parásitos cambian de sitio a causa de actividades humanas: deforestación, contaminación, expansión urbana desordenada, cambio climático; también contribuye el uso desmedido y sin control de antibióticos, que pueden causar que las bacterias desarrollen resistencia e incrementen su nivel infeccioso. Estas nuevas enfermedades emergen porque en un estado anterior del ecosistema su virulencia se mantenía en niveles bajos, pero los cambios ambientales pueden ocasionar que se manifiesten con agresividad. Cerca del 70% de las epidemias recientes provienen de animales, son zoonosis, consecuencia de las alteraciones masivas de los ecosistemas, una de cuyos principales efectos es la reducción del hábitat de los animales silvestres, lo que aumenta el contacto de los humanos con especies reservorio, portadoras de los patógenos. Las epidemias se han originado recientemente en África y Asia porque ambos continentes están en un proceso de acelerada urbanización, lo que conlleva la destrucción de hábitats silvestres y la extinción de especies (entre 1970 y 2016 se ha extinguido el 57% de los vertebrados).

En el caso específico del coronavirus, si bien aún no hay evidencia concluyente, las investigaciones apuntan a que el virus está presente en el murciélago de herradura, de éste pudo haber pasado al pangolín malayo (una de las ocho especies que existen) y de ahí a los humanos. Toda esta cadena de transmisión pudo suceder en el mercado de Wuhan, donde se venden animales silvestres, tanto vivos como muertos. Aquí es donde entra uno de los crímenes ambientales más dramáticos, que ha conducido a la extinción de varias especies: el tráfico ilegal de fauna silvestre.

El pangolín es el mamífero más cazado y traficado del mundo, tanto por su carne como por sus escamas, que son demandados en el mercado chino, en el primer caso para consumo y en el segundo por su uso en la medicina tradicional. En la década pasada se comercializaron más de un millón de ejemplares, un promedio de cien mil por año. Se trata de un pequeño e inofensivo animal del tamaño de un gato o un perro, presente en África y el Sudeste asiático, que brinda beneficios ambientales al alimentarse de hormigas y termitas. En su exterior se asemeja a un armadillo o un oso hormiguero y está actualmente en peligro de extinción. La razón de la presencia del virus en este animal es la transmisión por un murciélago y las malas condiciones en que estas inocentes criaturas son mantenidas en cautiverio, lo que disminuye su capacidad inmunológica. El comercio de la especie se realiza frecuentemente por bandas criminales, que también se dedican al de colmillos de elefante en África (lo que ha llevado a esta especie también al borde de la extinción).

El murciélago de herradura, por su parte, es un portador poderoso de virus, y si no hubiéramos destruido su hábitat al grado que lo hemos hecho no habría motivo de preocupación. Se ha identificado que el genoma del coronavirus es 96% idéntico al que lleva este animal, y transporta varios otros virus más. Por ello, y en vista de que al parecer en el mercado de Wuhan había tanto murciélagos como pangolines vivos, podría ser que la transmisión se dio ahí, aunque la hipótesis de que pangolines traficados ilegalmente desde Indonesia a China podrían traer el virus consigo también es plausible. El asunto ha levantado nuevamente la demanda de la prohibición mundial del comercio de animales silvestres. China prohibió el consumo de carne de animales salvajes en plena epidemia, mientras que Vietnam está considerando aplicar una medida similar (si bien en el caso del pangolín quedaría pendiente el tráfico de sus escamas para evitar su extinción).

El consumo de animales silvestres o domésticos como perros y gatos no está generalizado en China, se realiza en algunas regiones específicas, por lo que no hay razón para denostar a toda la población china, que consume básicamente arroz, soya y verduras, por la aparición del coronavirus. Pese a ello, parece que el consumo de carne de pangolín da cierto estatus a las clases pudientes (de manera similar al caso del marfil) y eso ha disparado su demanda. A pesar de estas realidades, en algunos medios hay tendencia a estigmatizar a toda la población china con información deformada y ha habido episodios lamentables de discriminación. La sopa de murciélago se achaca a los chinos, por ejemplo, y es un platillo que se consume en Indonesia.

En síntesis, mientras los intereses económicos estén por encima de la capacidad de la Naturaleza para regenerarse y reproducirse, los humanos nos enfrentaremos a un bumerang por nuestras propias acciones, que se nos revierten en epidemias cada vez más globales y agresivas.

 

 

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