La culpa y el perdón

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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El presidente historiador pasó por alto la heroica resistencia de los antiguos mexicanos a la barbarie genocida de los conquistadores, el trabajo tenaz y el pensamiento de los llamados novohispanos que procrearon la identidad de la nueva nación, la audacia visionaria y el valor indómito de los insurgentes que vencieron a la Corona e hicieron del nuestro un país independiente, así como el patriotismo y la reciedumbre ideológica de los liberales que cimentaron la soberanía en la república laica. Y no se diga la voluntad democrática de los que hace un siglo transustanciaron la fuerza de las armas revolucionarias en Constitución y leyes que han dado lugar a instituciones democráticas. ¿Qué anda haciendo el presidente historiador solicitando al Rey y al Papa pagar una cuenta que el pueblo mexicano con su lucha histórica se ha encargado de saldar? En una reciente mañanera, pontificó: hay que voltear atrás para ver hacia  adelante, dijo. Pero el sesgo real y pontificio de su solicitud degradó la historia: de disciplina científica basada en el conocimiento y la dialéctica, a narrativa (así se dice ahora) vulgar y moralizante y por lo tanto estéril. Ya me imagino lo que pasaría si Felipe VI accediera a la súplica presidencial y se disculpara. El mandatario tendría, entonces, que perdonar… ¿a quién? ¿A la monarquía, a los Austria que hicieron las Leyes de Indias o a los Borbón que entronizó Franco? ¿O a los conquistadores que a sangre y fuego destruyeron Tenochtitlan, convirtieron la cruz en espada, arrasaron culturas y causaron la muerte de millones? No vaya a ser que el presidente historiador acabe perdonando a Hernán Cortés. Por lo pronto nos está distrayendo, cuando no dividiendo. La amenaza no proviene del otro lado del mar sino del Norte.

 

 

La devaluación del sufragio

Raúl Moreno Wonchee / La nave va
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El sufragio, el voto ciudadano por cuya validez tantos han dado la vida y México hizo una revolución que ocupa un lugar en el pódium de las revoluciones del siglo XX. Se sabe que ese gran acontecimiento no se circunscribió a hacer del sufragio la piedra angular de la democracia sino tuvo múltiples facetas que abarcaron toda la vida nacional. Gran revolución en país tan vasto, diverso y complicado, tan complejo pues, tuvo una marcha lenta que ha dejado cabos sueltos. Pero la divisa originaria, la efectividad del sufragio, ha continuado en la agenda pública hasta alcanzar una equidad que trae de su mano la competencia requerida para desadjetivar nuestra democracia y facilitar el acceso de México al supermercado global. Los últimos comicios presidenciales  no dejaron lugar a duda del valor alcanzado por el sufragio y el reconocimiento indiscutible de su efectividad. El voto popular dotó al ganador de una formidable palanca para mover los cambios comprometidos en la justa electoral. Pero el nuevo gobierno no ha mostrado la claridad programática necesaria para sustentar la transformación anunciada, lo que ha dado lugar a un discurso inconsistente que puede cultivar una corrupción política corrosiva de las instituciones reguladoras de la participación democrática. ¿O qué significa que el electo por la mayoría absoluta quiera devaluar los votos de sesenta y tantos millones de mexicanos? Porque a eso equivaldría topar en tres años una decisión que la Constitución precisa en seis. Entre las chapuzas de la iniciativa de revocación del mandato, sobresale la devaluación brutal e injustificada del sufragio.