A 500 años del encuentro entre bandos de popolucas

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Los cronistas los describieron como “pueblos bárbaros” que clavaban el puñal de obsidiana en el pecho a sus víctimas para extraerles el corazón, esto como ofrendas a los dioses en sus “rituales paganos”.

 

Esos mismos observadores dieron cuenta, también, de las acciones de los expedicionarios, llamados popolucas o popolacas (bárbaros, en náhuatl), luego de haber blandido la espada para decapitar naturales y de arrojar los restos a los perros como colofón del festín sanguinario. 

 

Las matanzas del Templo Mayor y en Cholula (con 5 mil o 6 mil civiles desarmados en ésta última, acción condenada por los cronistas), entre otras, fueron funestas, literalmente unas carnicerías. No es posible ignorarlas, así sea en nombre de una pretendida civilización.

 

          De proporciones dantescas fueron también los resultados generados por las “armas biológicas” que portaban consigo las inicialmente “deidades”, defenestradas después a popolocas: la viruela, una peste determinante en el resultado final y que casi logró lo que la espada civilizadora no pudo: la aniquilación de otra civilización. "Murió más de la mitad de la población... Morían en montón como chinches…..”, narra fray Toribio Benavente (Motolinía), en 1555, en las “Diez plagas” que, dice, azotaron a la Gran Tenochtitlán (trabajos forzados, esclavitud, etcétera). Entre las víctimas hay que destacar al emperador Cuitláhuac, quizás como una forma de venganza por haber derrotado a Hernán Cortés y sus huestes.

 

          Mientras, fray Bernandino de Sahagún dio cuenta de la devastación del virus civilizador, atribuido a Francisco Eguia, expedicionario que trajo Pánfilo de Narváez a Veracruz y que generó la llamada: Hueyzahuatl (la gran lepra o la gran erupción). No sobra decir que este fundante “terrorismo biológico” fue, Perogrullo, patrocinado por la Corona española, aunque tal vez en un acto de contrición, la misma se encargó de liberar de esa plaga al Nuevo Mundo mediante la conocida Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, llamada también Expedición Balmis, en honor a Francisco Javier Balmis, médico de la Corte y militar.

 

En nuestro país esa plaga fue totalmente “eliminada” en 1951 (ya con un mestizaje biológicamente consolidado, aunque “espiritualmente” afectado por el viejo trauma del encuentro entre popolocas).

 

Con ejemplos como estos, compendio forzado, se pueden llenar páginas respecto de la grandeza y miseria de los eventos, con bandos sin duda popolocas, episodios en los que se ha querido matizar la codicia de los expedicionarios como fermento de las masacres sucedidas (la avaricia de Hernández Cortés es sobradamente detallada por David Graeber en su obra En deuda, historia alternativa de la economía), no tanto por la evangelización cuyos misioneros, es justo decir, actuaron en favor de los masacrados.

 

Además, se debe a ellos que los aniquilamientos, igual el saqueo y la codicia, no hayan pasado a formar parte de los “archivos del olvido”, si bien hubo intentos de emular a Tlacaélel (antecedente prehispánico de siniestros  titulares de Gobernación y del también truculento Cisen).

 

Todo esto ha dado pie a interpretaciones de una limitación intelectual rayanas en la estupidez por parte de aquellos que, en teoría, abrazaron el oficio de ejercitar de manera permanente las entendederas:

 

         “La verdad es que conquistar medio mundo en el siglo XVI con un puñado de fulanos bajitos, analfabetos, broncos, sanguinarios y muertos de hambre puede no ser la más delicada acción moral de la historia; pero en términos de historia mundial objetiva es una hazaña impresionante”, soltó, muy ufano, el escritor Arturo Pérez Reverte (sí, el mismo que calificó de “imbécil y “sinvergüenza” al presidente Andrés López Obrador por solicitar al rey de España –no al gobierno español– que pida perdón ante los hechos ejecutados por los viajeros españoles hace casi 500 años). Esto ejemplifica, como cruel paradoja, que no es lo mismo hacer novelas históricas que abordar objetivamente la historia, y que Einstein sigue teniendo razón sobre la imposibilidad siquiera de pretender calcular la estupidez frente a lo infinito del universo.

 

Coincido con muchos en el sentido de resaltar esa grandeza mestiza con la mejor cara de los popolucas ibéricos y los de este lado, como la escritura (Cervantes, asombrado por la majestuosidad de la Gran Tenochtitlán y el símil con Venecia), la arquitectura, la música, las grandes obras hidráulicas y un larguísimo etcétera.

 

Pero a esa grandeza le falta, no una ni varias novelas, sino la humildad histórica: el hecho de que una nueva civilización se fundó sobre el dolor y la sangre de miles de cadáveres, los cuales lo menos que se merecen es que se les pida perdón (por parte de la Corona española, por ser heredera de los patrocinadores, igual de los mestizos, por esa falta de exigencia milenaria ante los acontecimientos debidamente consignados).

 

 

 

 

Crecimiento sin distribución es parte de la simulación

 

Jesús Delgado Guerrero / Los sonámbulos

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Es de una gran crueldad la máxima bíblica que afirma que “a quien tiene se le dará aún más y tendrá en abundancia, pero al que ni tiene, se le quitará hasta lo que tenga”.

 

           Por supuesto, es una parábola religiosa que para los fieles significa otra cosa; sin embargo, los diseñadores de políticas económicas la han plagiado y ejecutado al pie de la letra, con otros términos igualmente canónigos: equilibrio fiscal, reducciones del gasto público y reducción de impuestos a los “inversionistas” y, en fin, eso que arbitrariamente se denominó como “neoliberalismo” o “libre mercado”). De esa manera y siguiendo al apóstol Mateo (4:25), en los últimos 36 años, el crecimiento de la economía no fue más allá del 2.2 por ciento. Cada sexenio, de los seis de la era neoliberal, no cruzaron esa línea, lo que motivó la lapidaria conclusión del “estancamiento estabilizador”, una especie de condena en la que los ricos se hacen más ricos y los pobres, miserables.

 

Pues bien, ya sabemos que el Servicio Metereológico Nacional y sus modestos observadores han tenido más aciertos en sus pronósticos que los especialistas, incluidos los del Banco de México y de la Secretaria de Hacienda, y eso que el cambio climático modifica de manera sustancial el paisaje de un momento a otro.

 

Aunque considerado como “mediocre” ya que en otros tiempos y en otros países el crecimiento rondó y ronda el 6 por ciento, o más, sin embargo ese 2.2 por ciento sería suficiente para atenuar, no solucionar, las graves carencias sociales y los dramas de muchas familias que, por ejemplo y gracias al neoliberalismo, tuvieron que formarse para ingresar a los comedores populares, estampa de la miseria vergonzante de un país rico, festejada, eso sí, como una hazaña por parte de los creadores, casi un acto misericordioso de la depredación.

 

Si se pide crecer más en la economía no es tanto por comenzar a atender todo el inventario de rezagos de los 56 millones de pobres (cifras, antes del nuevo INEGI del gobierno concluido en diciembre pasado), sino porque ese crecimiento de la economía permitiría fortalecer el agandalle en materia de distribución de la riqueza, sin cuestionamientos de ninguna índole.

 

Por ejemplo, con todo y ese crecimiento mediocre del 2.2 por ciento se han consolidado fortunas insultantes, no por la cantidad, sino por la forma en que se han obtenido: evasión de impuestos, aterrizajes en paraísos fiscales o descarada especulación y saqueo, como sucedió con el Fobaproa (hoy IPAB), los rescates carreteros y azucareros, así como venta de firmas bancarias sin ningún pago de impuestos.

 

No en balde nuestro país está considerado como uno de los “edenes fiscales” si se trata de bonos de deuda y de transacciones financieras, con una tasa cero que permite introducir y sacar dinero sin que los sabuesos hacendados anden husmeando siquiera, menos los “técnicos” de Banxico.

 

Hay, ni duda cabe, una política fiscal que ha favorecido totalmente la concentración de la riqueza, así como el empobrecimiento paulatino de millones.

 

Sólo como referencia: a un ciudadano medio se le cobra el 35 de impuesto por trabajar y, además, se le carga religiosamente el 16 por ciento en el consumo. De inmediato, el feliz propietario del 100 por ciento sufrió una infeliz merma de 51 por ciento.

 

¿Cuánto pagan de impuestos nuestros eximios integrantes del “1 por ciento”, encabezados por 30 familias? Hasta donde se sabe, con la doctrina neoliberal hasta les regresan los pocos impuestos que pagan, por no hablar de evasión mediante esto y las infaltables fundaciones “caritativas”.

 

Es importante crecer, pero más importante es la forma en cómo se recauda y se distribuye la riqueza.

 

Que haya más producción de automóviles, de petróleo, de maquila y demás para apantallar con estadísticas de crecimiento es de ingenuos mientras prevalezcan estos esquemas de concentración como premio a las voluntades supuestamente exitosas y dádivas como compensaciones sociales a los espíritus pretendidamente perdedores que apenas tienen.

 

Lo significativo es que no se ve que los promotores de la cuarta transformación tengan en su agenda modificaciones radicales en la materia fiscal y de economía en general, y hasta la suspensión de grandes proyectos, como el NAIM en Texcoco, han terminado por beneficiar a los de siempre: de Carlos Slim para arriba.