Del 16 al 31 de
julio de 2011
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El humor de Alán

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Antes que llegue la luz
habrá más obscuridad

 

Héctor Barragán Valencia

hector_barragan@hotmail.com

 

No hay que perder de vista que a pesar de la pálida mejoría económica, la crisis financiera está lejos de haber terminado. Es posible que antes de amanecer, si acaso amanece, la obscuridad se torne más densa. Los gobiernos del mundo, en particular los de Estados Unidos y Europa, han errado las soluciones para enfrentar las secuelas de la gran recesión: decidieron salvar a los grandes especuladores a costa de la quiebra de las arcas públicas, en lugar de acordar un sistema global para regular al capital financiero y revertir la gran concentración de riqueza que vuelve inviable a la democracia, toda vez que socava a la libertad al generar zozobra, inestabilidad e inseguridad personal y social extremas, y por tanto nos arroja al abismo de los fanatismos, la xenofobia y las guerras civiles.

Veamos el tamaño del problema: de acuerdo con Bruce Scott, profesor de la Harvard Business School, los mercados financieros, no regulados desde los años 80, crearon una inmensa riqueza virtual: mientras la producción mundial total de bienes y servicios, ascendía a 50 billones de euros en 2008, los activos financieros, el papel especulativo, llegaba a 4,000 billones de euros. Es decir, la riqueza ficticia supera 80 veces u 8,000% a la riqueza real: sólo una octogésima parte de los activos financieros está respaldada por bienes tangibles. De ese tamaño es el castillo global de naipes, que amenaza con arrasar a todos las naciones. Y para medir la magnitud de la concentración de la riqueza, baste decir que en Estados Unidos la renta está tan concentrada hoy como en 1928, un año antes del inicio de la gran depresión, según Thomas Piketty y Emmanuel Sáez.

Cuando este orden de cosas empezó a desmoronarse en 2008, al estallar la burbuja hipotecaria en Estados Unidos, se intentó regular a los mercados financieros, pero pronto se dio marcha atrás: el poder de los especuladores obligó, igual que siempre, a que la gente pagara la factura de la crisis, como ocurre en Grecia, Portugal, Irlanda, España, Italia, Bélgica… Hoy, la crisis de estos países puede contagiar al mundo. Los severos programas de austeridad que obligan a cerrar empresas, despedir trabajadores y recortar salarios llevan, orillan a donde no desean los especuladores: a la suspensión de pagos. En algún momento, alguno de estos países no podrá pagar y suscitará un efecto dominó. Como se aprecia, los grandes intereses creados obstruyen y profundizan la salida de la crisis. En el pasado las dos guerras mundiales rompieron el poder del capital financiero: ¿habremos de padecer otra guerra para reformar el poder global?

 

 

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