Antes
que llegue la luz
habrá más obscuridad
Héctor
Barragán Valencia
hector_barragan@hotmail.com
No
hay que perder de vista que a pesar de la pálida mejoría
económica, la crisis financiera está lejos de haber
terminado. Es posible que antes de amanecer, si acaso
amanece, la obscuridad se torne más densa. Los gobiernos
del mundo, en particular los de Estados Unidos y Europa,
han errado las soluciones para enfrentar las secuelas
de la gran recesión: decidieron salvar a los grandes
especuladores a costa de la quiebra de las arcas públicas,
en lugar de acordar un sistema global para regular
al capital financiero y revertir la gran concentración
de riqueza que vuelve inviable a la democracia, toda
vez que socava a la libertad al generar zozobra, inestabilidad
e inseguridad personal y social extremas, y por tanto
nos arroja al abismo de los fanatismos, la xenofobia
y las guerras civiles.
Veamos
el tamaño del problema: de acuerdo con Bruce Scott,
profesor de la Harvard Business School, los mercados
financieros, no regulados desde los años 80, crearon
una inmensa riqueza virtual: mientras la producción
mundial total de bienes y servicios, ascendía a 50
billones de euros en 2008, los activos financieros,
el papel especulativo, llegaba a 4,000 billones de
euros. Es decir, la riqueza ficticia supera 80 veces
u 8,000% a la riqueza real: sólo una octogésima parte
de los activos financieros está respaldada por bienes
tangibles. De ese tamaño es el castillo global de
naipes, que amenaza con arrasar a todos las naciones.
Y para medir la magnitud de la concentración de la
riqueza, baste decir que en Estados Unidos la renta
está tan concentrada hoy como en 1928, un año antes
del inicio de la gran depresión, según Thomas Piketty
y Emmanuel Sáez.
Cuando
este orden de cosas empezó a desmoronarse en 2008,
al estallar la burbuja hipotecaria en Estados Unidos,
se intentó regular a los mercados financieros, pero
pronto se dio marcha atrás: el poder de los especuladores
obligó, igual que siempre, a que la gente pagara la
factura de la crisis, como ocurre en Grecia, Portugal,
Irlanda, España, Italia, Bélgica… Hoy, la crisis de
estos países puede contagiar al mundo. Los severos
programas de austeridad que obligan a cerrar empresas,
despedir trabajadores y recortar salarios llevan,
orillan a donde no desean los especuladores: a la
suspensión de pagos. En algún momento, alguno de estos
países no podrá pagar y suscitará un efecto dominó.
Como se aprecia, los grandes intereses creados obstruyen
y profundizan la salida de la crisis. En el pasado
las dos guerras mundiales rompieron el poder del capital
financiero: ¿habremos de padecer otra guerra para
reformar el poder global?