Nostalgias
revolucionarias,
el caso de Joel Ortega
René
Avilés Fabila
ravilesf@prodigy.net.mx
El
libro de Joel Ortega, 10
de junio: ¡ganamos la calle!, me dejó no pocas
dudas y reavivó otras. Sobre el 68, tenemos que hallar
una solución para evitar que siga siendo, lo que nunca
fue, un símbolo de vandalismo entre jóvenes desesperados
y poco informados. Otra preocupación es saber dónde
está el libro que hace seguimiento a los líderes del
68, ¿dónde están, qué hicieron luego de la hermosa
gesta? Recuerdo que algunos como Gilberto Guevara
Niebla se acercó mucho al fuego y fue subsecretario
de Educación Pública en la época en que gobernaba
Ernesto Zedillo. ¿Todo el 68 se reduce a una noche
brutal o fue un movimiento espectacularmente gozoso,
con esperanzas de futuro, donde se cantó y sobre todo
sirvió para la reflexión inteligente? ¿Por qué el
memorial de la UNAM está basado en los lugares comunes
del movimiento, más correctamente en sus mitos, alguno
de ellos desenmascarados por el escritor Luis González
de Alba? ¿Nosotros tampoco somos capaces de hacer
una historia adecuada sin falsificaciones y seguimos
el ejemplo oficial? ¿El PRD es la continuación del
68 y del 10 de junio por otros medios? Joel dice tajante
que no. ¿Hemos hecho un balance responsable y no maniqueo
de sus resultados históricos o sólo nos sirve para
lamer nuestras heridas? En fin. Quizá el error esté
en que los movimientos citados fueron cortados de
tajo, quedan en la memoria revolucionaria colectiva,
no se inscriben en ningún partido. Al contrario, son
su antítesis.
Joel
Ortega es un provocador nato con sentido del humor,
un combatiente de tiempo completo, polemista infatigable,
pero sobre todo, me percato con sus libros, es un
nostálgico, como yo, y como muchos otros. En lo literario,
Juan José Arreola se veía a sí mismo como un hombre
nostálgico aún de lo que no había vivido en su juventud.
Mi amigo y camarada piensa que todo 68 y todo 10 de
junio fueron mejores. En buena medida tiene razón,
fueron movimientos no sólo que ganaron la calle sino
que mostraron nuevas rutas para intentar al menos
mitigar el fortalecimiento de la contrarrevolución.
La época en que ambos movimientos estudiantiles están
inscritos es llamada por muchos la década prodigiosa,
años en que había un excelente rock (Dylan, Beatles,
Rolling Stones, Janis Joplin, Doors, Procol Harum,
Hendrix…) y políticamente vivíamos subyugados por
la presencia de la Revolución cubana, la figura legendaria
de Ernesto Guevara, la defensa valiente del pueblo
de Vietnam, estimulados por los movimientos negros
como el Black Panther y el Black Power y por un creciente
proceso globalizador del bloque comunista. Más de
un pensador agudo, Jean-Paul Sartre, entre ellos,
suponían que los movimientos estudiantiles podrían
ser la chispa que destara las revoluciones proletarias.
Recuerdo haber presenciado un encuentro entre el filósofo
francés y los obreros de la Renault. Los lenguajes
eran distintos, por más que los propósitos fueran
semejantes. En México, Joel, lo recuerda, no fueron
grandes contingentes obreros los que se sumaron al
movimiento estudiantil. Sin embargo, fue una década
maravillosa, de libertad sexual, de buena música popular,
de amplios debates y de un hermoso sentimiento de
no vivir más en soledad. Éramos un chingo. Pero siempre
faltó lo esencial, lo que José Revueltas precisó como
un proletariado sin cabeza, es decir, sin partido
que lo guiara.
No
fui dirigente en el 68, lo fueron jóvenes capaces,
bien orientados políticamente. Era un activista más
en tránsito de estudiante a profesor universitario.
Participé más como escritor que iba a las manifestaciones
y a los mítines que a las reuniones para organizar
las tácticas. Me recuerdo en el Zócalo, junto a José
Revueltas, sentado en la horrenda plancha, escuchando
a los jóvenes oradores. En la tarde del 2 de octubre,
fui con Rosario, mi esposa, un camarada del Partido
Comunista, una muchacha espartaquista y el hermano
de José Agustín, Augusto Ramírez, un pintor notable,
ya fallecido. Por allí me tope con Emmanuel Carballo
y nadie más. Debo haber padecido una ceguera total,
no vi a ninguno de los miles de escritores e intelectuales
que ahora nos narran en afamados libros sus valerosas
hazañas para frenar la maquinaria represiva ordenada
por Díaz Ordaz y Echeverría. Poco después me fui con
una beca francesa a París y en esa ciudad escribí
mi novela El
gran solitario de Palacio, que a causa de la censura
imperante no encontró editorial en México y tuvo que
ser publicada en Buenos Aires, en 1971. No es un libro
que se limita al 68, lo era, lo es, un recuento metafórico
de un sistema aborrecible, un mural de México.
Mi
relación con Joel Ortega es larga y viene del comunismo,
ninguno estaba muy a gusto con la rigidez y la ortodoxia
estalinista que pesaba sobre nosotros. Era un partido
cuadriculado, cuyos dirigentes han terminado, no todos,
claro está, en políticos exitosos que mantienen incólume
el sistema que antes abominaron. Pienso en Amalia
García o Pablo Gómez. Eso sí, ponen un parche aquí
y otro allá, para mantener su prestigio canoso de
izquierdistas. Joel escribe desde la distancia con
el partido madre y padre de todos los existentes,
el PRI. Sabe en consecuencia que no hay tres o cuatro
o cinco partidos con sólida ideologías y programas
agudos, sino un solo, dividido, casi como lo tenía
Lázaro Cárdenas, en sectores. Al PRD le ha tocado
el difícil papel de fingirse izquierdista. El PAN
sigue en lo suyo, en el conservadurismo prosaico,
y el PRI se mantiene en el centro, en los ceros grados
de la política. Joel Ortega, la terminología es suya,
ha ido de trinchera en trinchera buscando la caída
de partidos tradicionales o nuevos que huelen a viejo.
El autoritarismo lo irrita, la revolución, el cambio,
las calles, le atraen de modo natural. Pudo hacer,
como tantos otros, una buena carrera burocrática al
amparo de algunas de las siglas existentes y sigue
en su misma postura, tercamente: en el papel de provocador
nato, el agitador que disfruta los debates y se mueve
bien en asambleas o mítines.
Su
introducción al libro que hoy nos reúne anticipa que
habrá opositores, la suya es una historia aguerrida
y a veces desconcertante, polémica, pero correcta
en cuanto a la apreciación de sus objetivos. Es más
que una historia del 10 de junio, una obra autobiográfica,
la de un personaje controvertido que mantiene los
puntos establecidos en su libro El
otro camino. Cuarenta y cinco años de trinchera en
trinchera, eliminado de las vitrinas por el primer
círculo panista. En síntesis, del prólogo a la cita
final, el trabajo de Ortega es intenso y muy discutible,
pero entendible si nos quedan claros sus propósitos
libertarios y democráticos de nuevo cuño. Su intento
es contribuir a una nueva sociedad. A veces es cáustico,
severo, lo es con López Obrador, quien conduce al
país a un “extravío ideológico”, con el PRD al que
mira con profundo desdén: en su interior están los
enemigos tradicionales: los priístas que se hicieron
expriístas pero que mantiene en la praxis una total
congruencia con los principios añejos y decadentes
del aparto que se cae a pedazos.
Joel
Ortega no ve a la Revolución mexicana del mismo modo
que los políticos y los historiadores oficiales. Es
una antigualla que jamás consideró en su legado el
pensamiento avanzado de los Flores Magón y sí la brutalidad
de Obregón y Calles. Para muchos de nosotros, en 1968
la Revolución estaba embalsamada. Las calles las ganamos
con fotografías del Che
Guevara, de Marx, de Lenin, de Ho Chi Minh y nos obligaron
a sustituirlas por las de los héroes revolucionarios
de México. Hoy, a cien años de la gesta democrático-burguesa,
como la calificara Jesús Silva Herzog, el bueno, está
rediviva, como Lázaro, el bíblico, no Cárdenas. Todos
la recuerdan con lágrimas en los ojos, desde los derechistas
de Acción Nacional, que la odiaron en su infancia
y juventud, hasta los perredistas que alguna vez pensaron
en el internacionalismo proletario y en una sociedad
sin clases. ¿Y el futuro? No existe porque venimos
de un pasado confuso y atroz, al que Joel nos enfrenta.
Qué demonios importa si la Revolución fue fallida,
interrumpida o cortada de tajo por la nueva burguesía.
Lo que cuenta es pensar en lo que viene, luchar por
ello.
Mención
especial demanda los párrafos donde Joel Ortega confronta
a los grandes intelectuales mexicanos y su estrecha
relación con Echeverría. Ambos están frente a un espejo.
¿Han olvidado el célebre avión de redilas, donde viajaron
a Buenos Aires más de cien de ellos acompañándolo?
A nuestros artistas plásticos, pensadores y escritores
les encanta ser cooptados por el poder. Jugar el papel
de orgánicos, no al modo de Gramsci sino al mexicano.
No todos pueden ser José Revueltas o Juan de la Cabada.
Carlos Fuentes y Fernando Benítez apoyaron la consiga
“Echeverría o el fascismo”. Por cierto, ambos fueron
embajadores. Benítez fue más lejos y escribió una
larga entrevista apologética con Carlos Hank González.
Para qué mencionar a Flores Olea o González Pedrero,
ambos mis maestros en Ciencias Políticas, los dos
me explicaron al Marx que hoy no existe, en el nicho
que ocupaba el filósofo alemán hoy está López Obrador.
Esto sin señalar que han pasado exitosamente por el
PRI de Echeverría y el de Salinas. A cambio, las palabras
de Joel se dulcifican cuando habla de los viejos luchadores
de izquierda, los congruentes, los que no buscaron
empleo ni poder, los que realmente pensaron en un
cambio profundo. Mantuvieron al partido con sus cuotas
y no lo usaron para medrar como a diario lo vemos
hoy. Joel tiene clara la idea del papel eternamente
crítico que debe interpretar el intelectual. Crítico
del poder, al servicio de la sociedad.
Toda
mi vida luché contra el PRI, hay hemerotecas para
confirmarlo. ¿Por qué debo ahora aceptarlo a través
de estridentes expriístas disfrazados de izquierdistas
como Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, el propio López
Obrador, Arturo Núñez y cientos más? ¿No nos damos
cuenta quiénes son, qué pretenden? ¿Dónde quedó la
memoria de los mexicanos? ¿Nos gusta vivir en el eterno
desvarío? ¿Cuántos no creyeron en la “apertura democrática?
Los miembros del antiguo MAP, hoy exitoso grupo llamado
Nexos o
(A)nexos,
no han dejado de triunfar en medio de esta confusión
llamada México. Miguel Badillo, en un documentado
reportaje publicado en El
Universal, dio a conocer, la corrupción y los
vínculos tortuosos de Aguilar Camín y los suyos con
dineros proporcionados por Carlos Salinas y siguen
siendo los dueños del mundo intelectual mexicano,
aprovechando la ausencia de grandes figuras y nuestra
ingenuidad o falta de acceso a los medios. O todo
junto.
El
mayor mérito del libro de Joel Ortega es el de una
verdad audaz y ruidosa. No le importa arriesgarse
una vez más. Joel se define a sí mismo, se ve como
un provocador romántico, en las reuniones políticas
actúa como pez en el agua, recuerda que los valores
sociales le vienen de familia. Para él ha sido fundamental
salir a las calles, ganarlas. Bueno, hoy están en
manos de la corrupción generada en el DF por el PRD,
en los ambulantes, en la mercancía pirata, en los
delegados pillos sin recato, en las marchas de apoyo
a sus socios, en las obras sin sentido social como
los segundos pisos que únicamente benefician a los
poseedores de automóviles y contribuyen a la proliferación
de transporte particular. Su conclusión o mejor dicho,
una de ellas, es que los “movimientos sociales fueron
sustituidos por una partidocracia voraz y corrupta”.
Si gana de nuevo el PRI es porque la población no
quiere clones, busca desconcertado a los autores originales
del desastre nacional, del sistema político ruinoso
que le es útil a panistas y perredistas, con alteraciones
mínimas.
Joel
asume en la línea final una frase de Lilan Hellman,
combativa escritora y leal compañera de Dashiel Hammet,
escritor de soberbias novelas policiacas víctima del
anticomunismo del senador McCarthy: “Vivimos un tiempo
de canallas.” Por ello, la intentona de conquistar
las calles del 10 de junio, para Ortega fue una postrera
y dramática lucha revolucionaria real, no las payasadas
que ahora vemos, manipuladas desde el poder.
La
segunda y última parte del libro son anexos, documentos
que Joel Ortega pensó necesarios para complementar
la historia de la atrocidad de Echeverría. Me parece
digno destacar la postura del desaparecido Partido
Comunista y la renuncia de Enrique Herrera a su alto
cargo en Comunicaciones y Transportes, al enterarse
de la nueva atrocidad priísta.
10
de junio: ¡ganamos la calle!,
libro de Joel Ortega, cumple con sus intenciones:
reabre o abre una discusión necesaria: ¿para dónde
marchamos, qué hace la izquierda y algo más importante,
dónde está, no en la hueca palabrería de la dirigencia
perredista? Esos son los temas políticos que deberían
preocuparnos indica Joel. Él pone bases no para cobrar
viejas cuentas, sino para saber qué hacemos con una
partidocracia que está cerrándonos las puertas del
futuro. ¿Las cosas se arreglarán tomando las calles?